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El sufrimiento no es sólo algo que pertenece al tejido social y político, sino que llega a la vida del ser humano desde algo más profundo

 






Muchas veces me he preguntado por qué hay una minoría que no comply, que no obedece y escapa a las imposiciones de la propaganda y de las verdades oficiales.
He reflexionado sobre esta pregunta durante mucho tiempo.

Si partimos de San Agustín, pero sabemos que hay dos ciudades: una es la de Dios, que es el mundo del espíritu y de la luz, la otra es la terrenal que vive inmersa en el saeculum, en la mundanalidad del mundo , in dem die Welt weltet, como diría Heidegger, quien básicamente sólo nos habla del saeculum, excluyendo de su horizonte esa dimensión que trasciende el saeculum.

Quien apunta a la ciudad de Dios, o al menos a la conciencia, debe estar en lo cierto con la conciencia, que sin embargo está iluminada por esa luz que viene del más allá del saeculum, incluso en aquellos que no creen pero tienen una moral muy arraigada en valores que en todo caso tienden a buscar aliento más allá del horizonte de lo inmediato que se respira en el saeculum. Los que se apuntan a lo que está más allá del saeculum están entre los que buscan la verdad, que están dispuestos a sufrir por la verdad, a sacrificarse por la verdad.

Siempre he pensado que en el transcurso del tiempo los seres humanos se estructuran de manera que la mayoría acepta la Charla, en el sentido heideggeriano, del saeculum, y otros, la minoría, que en cambio aprenden a escuchar el zumbido trascendental, potenciando su capacidad de escucha, que proviene de los límites que viven más allá del saeculum.

La diferencia entre los dos grupos está en el sufrimiento. La vida es esencialmente sufrimiento. Quien ve el sufrimiento como un valor negativo, como algo a evitar, rechazar, escapar, abraza el credo del saeculum basado en el placer, el poder, la eterna juventud, el goce desenfrenado de la vida y acaba aceptando el saeculum y vive inmerso en el saeculum y no cuestiona la vida, acepta el rebaño y la vida de rebaño porque lo divierte ilusionándolo, sobre todo no lo hace pensar sino que piensa por él haciéndole una vida anodina, porque en realidad pensar implica sufrimiento, porque el pensamiento y la inteligencia aumentan el sufrimiento: Qui auget scientiam, auget et dolorem. En cambio, quien ve en el sufrimiento un valor positivo, un motor para superarse, partiendo del sufrimiento para crear, para comprender y conocer la verdad, no puede quedarse sumergido en el saeculum, porque el sufrimiento es un valor que, viviendo en el saeculum, no pertenece al saeculum, tiene naturaleza divina. ¿No es acaso la cruz, el símbolo por excelencia del sufrimiento, pero también el símbolo de la salvación del hombre? ¿No es acaso la cruz el punto de conjunción en el que lo humano y lo divino hechos hombre se unen en un acto de salvación de la humanidad corrumpida por el pecado original?

El sufrimiento no es sólo algo que pertenece al tejido social y político, sino que llega a la vida del ser humano desde algo más profundo, como algo no deseado y no requerido.

Porque el sufrimiento, como afirman los católicos, es de hecho un don de Dios, y los dones de Dios no provienen del saeculum sino de lo que está más allá del horizonte del saeculum.

Y la cruz, símbolo del sufrimiento a los ojos del saeculum, es signo de victoria a los ojos de los que miran más allá del saeculum.


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